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Mi querida señorita, aprobado con nota el riesgo de adaptar un clásico.

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Han pasado mas de cinco décadas desde que Jaime de Armiñán hiciese historia con Mi querida señorita, una obra valiente que consiguió esquivar la censura de la época y alcanzar la nominación al Oscar como Mejor Película Extranjera.

La nueva versión, dirigida por Fernando González Molina, se presenta mas como una actualización que como un simple remake.

Con la producción de Los Javis y el respaldo de Netflix, la cinta mantiene la esencia del relato original en nombres y protagonistas, pero toma la acertada decisión de contextualizarla en la Pamplona de finales de los 90 y darle a la protagonista una edad distinta, lo que la sitúa en un contexto social y vital distinto al de la película de 1972.

La protagonista es Adela, una joven que vive con sus padres y pasa su tiempo entre impartir catequesis y atender la tienda de antigüedades familiar.

Adela vive en una búsqueda constante de respuestas, sabe que debe tomar hormonas a diario, pero desconoce el motivo real, en su casa impera el silencio como respuesta, pero ella nota que algo no encaja y cuando decide visitar al ginecólogo es cuando finalmente descubre el porqué de su diferencia.

Hay dos personajes clave que allanan el camino de Adela hacia su autodescubrimiento, el padre Jose María, un devoto fan de Mónica Naranjo encarnado por Paco León e Isabel, la fisioterapeuta de su abuela interpretada por interpretado por Anna Castillo.

Ambos personajes vienen a aportar un poco de oxígeno tanto para Adela como para el espectador, para que no nos agobiemos ante un ambiente tan opresivo.

 Pero la verdadera protagonista es Elisabeth Martínez, que ha sido la encargada de asumir el reto de dar vida al personaje que inmortalizase José Luis López Vázquez, logrando una interpretación personal y conmovedora de gestos contenidos y verdad en la mirada, su interpretación trasmite el agobio de estar atrapada en identidad que no te corresponde.

El silencio sobre una intersexualidad que ella desconoce pero que condiciona cada aspecto de su vida. Es fundamental aclarar que la intersexualidad pertenece al ámbito del cuerpo, no debe confundirse con la identidad de género ni con la orientación sexual.

La película se puede decir que se divide en dos mitades, un tanto descompensadas, la primera es un drama costumbritas centrada en el dolor de no encajar y la segunda la búsqueda de libertad, en un Madrid que vive el cambio de milenio.

Pasamos de la lluvia y la oscuridad constante de Pamplona a un mundo de luz y libertad, pero es esta segunda mitad donde la película flaquea ligeramente al intentar introducir todo el “universo LGTBIQ+” de golpe, con personajes que a veces rozan el estereotipo, perdiendo pare de su sutileza inicial.

Adela decide abandonar la rigidez de Pamplona para buscar respuestas en Madrid, y allí junto a la familia que se elige empezar a conocerse a ella misma, pasando por su nueva identidad A.D.

En definitiva, estamos ante una cinta que no busca mejorar la original, tarea imposible, sino ante una propuesta que aporta valor a catálogo de Netflix por tratarse de una película sobre la importancia de conocernos nosotros mismos sin tenernos que poner etiquetas y que nos regala el descubrimiento de una gran actriz como Elisabeth Martínez.

Nuestra nota : 🍕 🍕🍕 / 5

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